Viaje hacia el mundo perdido. Primer día.

Es como encontrarse en un sueño o en un cuento de hadas. Inducido por los recuerdos de infancia de las historias de Conan Doyle o quizás por la película “Up”, el viaje hacia el mundo perdido comienza ahora.

Una avioneta nos lleva hacia el intenso cielo azul maculado de esas esponjosas nubes que solo aquí podemos encontrar. Debajo de nosotros, el poderoso Orinoco, legendario río de Venezuela, país que atesora muchos territorios aún inexplorados. Dejando atrás la ciudad industrial de Puerto Ordaz, nos dirigimos hacia la inmensa selva tropical atravesada por infinitos ríos que serpenteando se abren paso con sus aguas marrones a través de ese océano verde.

Pasada una media hora de vuelo, algunos “tepuyes”, mesetas solitarias que parecen gigantes petrificados que se erigen de la tierra, empiezan a aparecer en la pequeña ventanilla. Este cambio de mundos tan abrupto hace que el corazón lata mas rápido. Acabamos de despedir el paisaje urbano y ya nos estamos acercando a la pista arcillosa de Canaima, el único umbral hacia estas vírgenes junglas y planicies.

Las primeras impresiones son una mezcla de asombrosas aunque inevitables paradojas. La vida sencilla y rutinaria de los nativos usando la más reciente tecnología, o una canoa tradicional indígena o “curiara” impulsada por un motor fuera de borda. Aquí todo es exótico, inclusive para turistas expertos: viviendas peculiares, flora y fauna fascinantes, agua potable teñida de “oro” directamente del río Carrao, nuevas experiencias culinarias, compartir la mesa con un tucán silvestre a la hora del almuerzo (ver video) y mucho, mucho más.

La aventura inicia dirigiéndonos hacia el “Salto El Sapo”. Luego de haber cruzado la laguna en la cual el río se desploma jubilosamente desde unos 40mts., tomamos un estrecho sendero en la selva, donde las orquídeas crecen bajo nuestros pies y las raíces de los arboles se entrelazan de formas impresionantes. En la distancia ya se escucha el murmullo atrayente del caudal y en unos minutos nos encontramos frente a un enérgico muro plateado.

La intensa humedad nos empapa mientras nos despojamos de la ropa para quedar solo en traje de baño. La sensación de pureza y frescura nos recorre desde los pies descalzos hasta el tope de la cabeza al sumergirnos en esta corriente revitalizante. Aferrándonos a raíces, rocas y los unos a los otros, nos regocijamos como niños mientras nos hundimos en la pureza de la naturaleza, caminando en el interior de este corredor de agua tan espectacular.

Una vez alcanzado el punto más alto de la cascada, nos da la impresión de estar en la cima del mundo y, a pesar del incesante estruendo del poderoso río, es inevitable sentir esa paz infinita que nos rodea.

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